sábado, 16 de julio de 2011

Un juego sin reglas

Un juego sin reglas
"Nunca te dicen cómo se cagan encima [antes de morir]. No ponen esa parte en las canciones" (Robert Baratheon).

Así, épica sucia, grandeza bastarda. El reverso del héroe, el lado oscuro de la majestad. Con sangre. Sin reglas.

El mayor reto era colmar las enormes expectativas que habían creado. No solo entre los winterhooligans (St. James), sino entre un público exigente, el de la HBO, deseoso de encontrar un nuevo maná que los distinguiera, como ya intenta Boardwalk Empire. "No es televisión, es HBO". En efecto: Juego de tronos (en España por Canal Plus) va mucho más allá de lo que conocemos como televisión en dos sentidos: primero mediante un nivel de producción despampanante, al que solo se han acercado miniseries como The Pacific. En segundo lugar, mediante la ambición narrativa de trasladar a la pequeña pantalla un novelón con una densidad argumental propia del XIX, como hicieron The Wire o The Sopranos a su manera. La multitud de tramas, personajes, linajes, detalles y acontecimientos que George R.R. Martin despliega en su primer tomo ha sido trasladado con una fidelidad casi milimétrica. Y conseguirlo con aroma cinematográfico tiene mucho mérito.

El primer reto, por tanto, superado con matrícula de honor. Juego de tronos es grandiosa en todos los sentidos... tal y como se esperaba.

Pero el "no es televisión, es HBO" tradicionalmente ha tenido una tercera pata: subir el envite de lo visible. Las tres "S" que no se permiten en las networks: sangre, sexo, lenguaje soez. Aunque uno no haya leído los libros (yo solo he atacado el primero, justo antes de devorar la serie), atisba desde el excelente y pausado piloto que Juego de tronos es un Señor de los anillos para adultos, un Tolkien pasado por la turmix del Excalibur de Boorman, la erótica del poder familiar de El Padrino y las explosiones de violencia de un Scorsese o un Kitano. Todo este ajedrez político aderezado con un softporn que forma parte de la imagen de marca de la cadena. Esto es HBO y se permiten enseñarlo todo no porque sea necesario para la eficacia narrativa de la historia, sino porque forma parte del estatus "transgresor" que predican.

Es decir, hay veces donde sí quedan bien engarzadas determinadas escenas explícitas y otras donde lo que el crítico de Time ha acuñado como "sexposition" se revela evidente, en tanto que superfluo. Por explicar mi argumento: es gratuito (y molesto) ver cómo Jaime Lannister le clava una espada en el ojo y le atraviesa el cráneo a Jory y, sin embargo, a pesar de su bestialidad, funciona bien la tumba dorada con la que Drogo "corona" al infecto Viserys. Ninguno de los dos momentos es agradable, ni pretende serlo. La serie es dura y salvaje. Bien está. Pero el primero es gratuito y el segundo surge de una necesidad narrativa.

Pasa lo mismo con las escenas de sexo explícito. Algunas sirven para caracterizar personajes y situaciones, como el incesto de los Lannister o la brutalidad del Khal con la joven Daenerys (más púber aún en la novela, por cierto; ahí los de la HBO no se han atrevido a ser tan transgresores como para poner menores de edad...). Sin embargo, hay otras donde lo gratuito de la escena despista. Esto se ve de forma muy clara en el famoso parlamento de Meñique, que intenta explicar el amigo Natxo. Yo pienso justo lo contrario: claro que Baelish regenta un burdel y es un conspirador nato, pero lo excesivo de esa escena distrae hasta tal punto que no recuerdo qué narices dice. No sirve para perfilar a Baelish o anticipar sus acciones, sino que, al revés, hace que te pierdas. Puestos a este tipo de sextamentos, funcionaban mejor los de Al Swearengen en Deadwood...

Si no me falla la memoria, lo único que la serie ha añadido con respecto a la novela han sido algunas de estas cosas. Sin embargo, han tenido que volverse necesariamente elípticos para las grandes batallas. Presupuesto obliga. Pero hasta en eso Benioff y Weiss, los productores ejecutivos, han sido muy inteligentes, jugando con el clímax que el material novelesco les servía en bandeja. Toda esta primera temporada ha construido un enorme crescendo en el que los creadores han dispuesto las piezas durante los seis primeros capítulos para agitar el tablero a partir del séptimo, una auténtica montaña rusa de emociones, peleas y traiciones.

Como buen producto de cable premium, la serie se toma su tiempo para dar a conocer a los personajes y pasear al espectador por los paisajes donde transita el drama. Pasa con Mad Men o The Wire: hasta el cuarto o quinto capítulo uno no sabe realmente quién es quién. Aquí, además, hay que añadir el dónde. Juego de tronos camina al ralentí, pero tiene a su favor que una historia de este corte -fantasía épica- permite diversas escaramuzas hasta llegar al punto crujiente. El primer tramo es lento, sí, pero pasan muchas cosas y no se olvidan las dosis de muerte, duelos y viajes necesarios para mantener al espectador pegado a la peripecia. A partir del excelente "You Win or You Die" (1.7), la trama explota y enfila cuatro capítulos sensacionales, repletos de postales visuales memorables y litros de adrenalina (y sangre) en cada esquina de Westeros. Y lo hace, además, rompiendo la cintura: no solo por el torrente de giros inesperados, sino por atreverse a matar al capitán del equipo y a tres titulares del once inicial (Viserys, Robert Baratheon y Khal Drogo). Incluso sabiéndolo por la lectura del libro, sorprende la muerte de Lord Stark al final del capítulo 9 y esa bellísima -por trágica- contraposición con la valerosa Arya. ¡Guau!

El bueno de Eddard Stark me parecía de lo poco discutible en cuanto al dibujo de los personajes. No porque yo sea un cínico que solo quiera meñiques, eunucos y reyes borrachos de ron e incesto, sino porque me parecía sorprendente que un tipo tan íntegro, con su moralidad de corderito de Norit, hubiera aguantado tanto en semejante mar de pirañas. En todo caso, la mirada grave de Sean Bean -con ese porte regio y atormentado- hace creíble un papel más complicado de lo que pueda parecer a primera vista.

Es, por enésima vez, el saber estar de los actores británicos. El elenco es fabuloso desde el pizpireto espadachín Forel hasta la estúpida Sansa, que convierte al príncipe en sapo. Allá donde mires hay matices en las miradas (la pérfida reina Cersei, el bastardo Nieve), aciertos de cásting (el temible padre Tywin Lannister o el feroz Sandor Clegane) y voces que esculpen un pasado duro (el leal Jorah Mormont y, ay, su padre en el Muro). No encuentro ni un solo actor que falle, porque hasta los niños más repelentes (el engreído príncipe Joffrey y el enfermizo y realmente majara Robin Arryn) están elegidos precisamente para causar el asco que demandan sus roles.

De entre todos los actores tengo que destacar a tres. Como siempre ocurre en estos casos, la profundidad del personaje influye en la forma que tenemos de percibir una actuación. Cualquier aparición de Tyrion Lannister ("gigantesco" Peter Dinklage) hace subir enteros la complejidad moral y estratégica de la serie. Nunca se sabe si sube o baja y, como demuestra en la infernal prisión de los Tully, la cercanía de la muerte aguza su ingenio. Dinklage sabe inferirle el tono de soy-más-listo-que-nadie-pero-no-abuso-de-ello y, oh, esa lenguaraz ironía que resulta tan irresistible. También destaca Arya: no es habitual que una actriz primeriza (la jovencísima Maise Williams) tenga un papel tan físico que, además, esté obligado a crecer con su personaje. Esa chica es una gema. Y, por último, otra casi debutante: Emilia Clarke. Tras rodar el piloto, Clarke sustituyó a la actriz que interpretaba a Danaerys. La decisión no pudo ser más acertada. De frágil, miedosa y dominada, la khaleesi se convierte en una mujer guerrera, capaz de intercambiar vida por muerte y cerrar la primera temporada con una imagen que recuerda a las pinturas alegóricas de Boticelli.

Esos dragoncillos anticipan una segunda temporada apasionante, más fantasiosa, con mucho potencial narrativo por explotar. Pero donde -otra vez más- lo importante será el juego subterráneo, las alianzas imposibles y una épica sucia que cuente cómo los héroes se cagan en los pantalones antes de morir. Donde las sorpresas de la trama estén bien asentadas en unos personajes complejos, tridimensionales, para los que el juego del poder no es más que instinto de supervivencia. Es lo mejor que se puede decir de este juego sin reglas en el que solo cabe "ganar o morir": a pesar de la espectacularidad, Game of Thrones es una historia de personajes. Su ingente ambición narrativa tiene los pies en el suelo. Hay que remarcarlo porque, aunque parezca obvio, no es tan evidente ni tan común en estos tiempos en los que la pirotecnia ciega.

Y cuando los personajes son de carne y hueso, como aquí, "decepción" no es una palabra que conjugue. Así que tendremos Juego de tronos para rato. Así sea.

diamantesenserie

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